Invisibles por su identidad y sexualidad (semisquare-x3)
Ángel Loyola nunca les pudo confesar a sus padres –ya fallecidos– que era homosexual por temor al rechazo y a los señalamientos. (Luis Alcalá del Olmo)
Por más de cinco décadas, Ángel Loyola intentó cumplir con aquellos parámetros que  erróneamente impone la  sociedad.
El temor al rechazo y  a la marginación llevó a Ángel a vivir en la mentira. “A mis padres yo nunca les dije nada. Si se lo imaginaban nunca me dijeron”, contó el hombre de 68 años que nunca compartió con sus progenitores que era gay. 
Estuvo casado dos veces, nunca tuvo hijos –aunque le hubiera encantado– y tras su retiro se dedicó a cuidar de sus padres enfermos.
“Como a los 18 años, pero fue porque mi papá siempre me decía ‘vete y cásate y haz tu vida’, y como él siempre estaba  machacando  que me casara, que me casara, pues  conocí a una muchacha  y me casé”, relató.
“No fue por amor, me casé por casarme, por salir de casa...  no fue lo mismo, no me sentía libre y al año me divorcié”, agregó. 
Tras el fallecimiento de sus padres, Ángel  les contó a sus hermanos que era homosexual y aunque hoy vive una vida en aparente libertad, no la disfruta a plenitud. 
A sus 68 años se ha percatado de que algunos prejuicios siguen siendo los mismos  que cuando tenía 18 años. Mientras, otros se hacen más notables, pues Ángel es homosexual  y mayor de 60 años, dos poblaciones históricamente invisibilizadas.  
“Estamos trabajando  con una población de baby boomers que sufrieron realmente el rechazo de una sociedad que los marginó y que en este momento tal vez ven un poco de esperanza y espacio, pero también encontramos  que todavía  se sienten  doblemente excluidos por ser viejo o vieja y por su identidad”, señaló  Mabel  T. López Ortiz. 
La trabajadora social desarrolló, junto con Xavier Huertas y José Toro Alfonso,  una investigación para estudiar a esta población. La Oficina de la Procuradora de las Personas de Edad Avanzada endosó la iniciativa.
El estudio agrupó a 60  adultos mayores homosexuales del área metropolitana  que respondieron a preguntas sobre  calidad de vida, salud, apoyo social, inventario de necesidades y la homofobia internalizada. El ingreso promedio era de $1,000 a $2,000.
Incluyó además entrevistas a profundidad con seis participantes, tres hombres y tres mujeres. 
Uno de los aspectos principales  que sobresalieron durante la encuesta fue, precisamente,  el prejuicio y la falta de reconocimiento del Estado y la sociedad hacia la comunidad homosexual versus la heterosexual. 
“Estas personas se perciben en una condición de vulnerabilidad con relación a su ciudadanía y derechos”, apuntó.
Ese miedo al prejuicio, de hecho, fue un factor que limitó el alcance del proyecto, ya que hizo el reclutamiento  cuesta arriba, dijo López Ortiz. 
“Todavía hay una identidad lacerada en una sociedad definitivamente heterosexista y homofóbica”, añadió.
“En  términos de elementos de homofobia encontramos una homofobia moderada, pero cuando vamos a las entrevistas a profundidad nos dimos cuenta que en cada uno de los sujetos entrevistados  encontramos  lo que es la homofobia internalizada cuando te relacionas con otros”, explicó la también profesora de la Universidad de Puerto Rico (UPR).
Otro elemento de diferenciación que destacaron los encuestados  frente a la comunidad heterosexual fueron las expectativas de sus familiares de que estos se conviertan en cuidadores de sus padres y madres, imponiendo una sobrecarga adicional en una etapa de su vida en la que cargan con unos cambios de por sí traumáticos. 
Se trata de una carga, sin embargo,  no solo injusta sino con implicaciones tipo dominó, ya que traen consigo cansancio físico, problemas económicos, el deterioro de la salud y el aislamiento ante la falta de oportunidades espacios para socializar, dijo López Ortiz.
Otro de los hallazgos reveló que las mujeres lesbianas de más de 60 años  le dan una mirada a la vejez  distinta  la del hombre gay, debido en gran parte  a la mirada que la sociedad ha construido sobre esta etapa sobre la figura femenina.
“A las mujeres se nos construye con una mirada de preocupación por lo estético, por cómo nos vemos, por cómo representamos nuestra femineidad”, abundó López Ortiz.  
Equidad
Sylvia Calzada, de 62 años, está dedicada al cuidado de su mamá y aunque ocasionalmente intenta sacar  tiempo para salir y compartir con sus amistades, la falta de espacios para los adultos mayores  gay  le imposibilita tener esos momentos de disfrute.     
El 60% de las personas abordadas apuntó sobre la necesidad de crear espacios de esparcimiento para adultos mayores. Mientras, el 57% coincidió en un mayor ofrecimiento de actividades recreativas para personas gays  y lesbianas de su edad. 
“Ese es uno de los hallazgos más importantes. No hay bares dirigidos a los adultos mayores gay”, dijo López  Ortiz.
Calzada ha creado su grupo de amistades que acostumbra salir, al menos una vez al mes. Ante la ausencia de estos espacios se ven en la necesidad de crear “bolsillos” dentro de aquellos lugares donde sienten la libertad de así hacerlo.  
“Pero siempre tenemos que estar a la expectativa de lo que hay y lo hacemos porque hemos decidido no aislarnos”, dijo.  
“A la juventud de ahora los ayudan más y hay más para ellos, más aceptación para el joven gay”, mencionó Loyola, quien limita sus actividades mayormente a compartir con sus amistades. La iglesia de “puertas abiertas” a la que asiste también le provee esos espacios.
“Yo puedo decir que ahora soy feliz”, agregó el hombre. 
Para López Ortiz, lamentablemente, el elemento de la vejez dentro de la  comunidad se convierte en   una punta de lanza de rechazo y discrimen, “porque esos son los viejos y las viejas”.
Cuesta arriba
El tema de mantener en secreto su identidad  de género  no se consideró en las preguntas iniciales del cuestionario, sin embargo, siempre salió a relucir durante las conversaciones.
“Tú no llevas en tu rostro tu identidad y tienes que estar reafirmando tu identidad”, explicó López Ortiz.
 A pesar de que han habido avances en la aprobación de leyes dirigidas a alcanzar la equidad,  la realidad es que se trata de una generación que aún arrastra temores debido al discrimen histórico del que fueron víctimas desde su juventud. 
“Están manejando ese arrastre de esa historia con un presente que poco a poco ha empezado a cambiar en términos de aceptación pero todavía tienen mucho temor”, expresó la experta.
Para Loyola, la reafirmación diaria de su identidad le recuerda el largo camino social que falta por recorrer. Le pasa cuando va al médico o cuando va a recibir un servicio cualquiera.
“No hay tan siquiera proveedores de salud  que nos den un servicio donde podamos estar abiertamente identificados”, apuntó.
“Nosotros tenemos que estar saliendo del clóset todos los días, porque se asume la heterosexualidad”, lamentó el hombre. 
En ocasiones, dijo, se permite sincerarse y hablar de su sexualidad, pero lo hace solo porque sabe que de lo contrario recibirá un servicio a medias y no porque haya esa confianza o flexibilidad.
“Estas son experiencias que nos vuelven a remitir  al discrimen histórico que hemos vivido. Creo que hemos empezado a tener apertura pero todavía nos falta, porque siempre se levanta la homofobia social de sectores que llevan un discurso en particular”, sostuvo López Ortiz. 
La investigación abordó también el tema de la espiritualidad, las relaciones y el sistema de apoyo con el que cuentan.
Largo camino
La ausencia de miembros de la comunidad homosexual  en busca de servicios provocó en  la procuradora de las personas de Edad Avanzada, Carmen Delia Sánchez, ese interés por analizar la población. 
La vejez, de por sí, ya carga consigo una serie de estigmas y prejuicios que en el caso de las personas homosexuales se suma al que ya llevan a cuesta por su identidad sexual, destacó la procuradora.
Se trata de una fase de la vida que se relaciona con la  falta de productividad y con la cercanía del fin de la vida. “La sociedad rechaza lo que es llegar a viejo. Es una sociedad totalmente orientada a que ser joven es mejor que ser viejo”, planteó.
Reconoció que se trata de una población discriminada y que carga con una serie de expectativas que no se esperan del heterosexual, como lo es el convertirse en el cuidador de su mamá o su papá.
“En este país no decimos la edad por el prejuicio, pero si encima de viejo eres gay, pobre de ti”, destacó. 
Para la funcionaria, es necesario seguir rompiendo mitos. Hay que hacerlo desde el gobierno, desde la entidad privada y desde la sociedad. El camino aún es cuesta arriba. 
“Casi una cuarta parte de la población tiene más de 60 años. Hoy día, con el éxodo de personas   en edades productivas, esta población se está quedando sola, con muy poco sistema de apoyo”, abundó la también gerontóloga. 
 La Oficina de la Procuradora, indicó, continuará desarrollando iniciativas dirigidas a promover sus servicios para esta población, a romper con los mitos y sacarla de la invisibilidad. 
“Esto es histórico. Es la primera vez que esta procuraduría  ha endosado un  proyecto de este tipo”, destacó.
Para López Ortiz, los hallazgos reiteran la interrelación de características humanas que se han construido desde la diferencia y el rechazo. Reafirman que el camino de la defensa de los derechos humanos y, en este particular, de los derechos sociales tienen debates que enfrentar.
“Esta lucha va a seguir y va a continuar y cada día uno va adquiriendo un poquito más, si acaso, y habrá momentos  en que saldrá a relucir el discrimen”, sostuvo Calzada.