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Vélez Arocho fue rector del Recinto de Mayaguez de la UPR durante siete años. (Tony Zayas)
Aun en las circunstancias más difíciles y complicadas, cuando todas las probabilidades parecen estar en contra, es posible salir adelante.
   Jorge Iván Vélez Arocho lo ha visto una y otra vez. Las historias de los estudiantes que han nadado contra la corriente para alcanzar sus metas para él son evidencia de esto, como el joven de Adjuntas que viajaba a diario en pon hasta Ponce para completar su bachillerato –y ahora su maestría– y aun así llegaba antes que él al recinto.
Un libro que ha capturado la atención de  Vélez Arocho, presidente de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico (PUCPR), en los últimos días precisamente se titula “El gran escape”.  En él su autor, el ganador del premio Nobel de Economía en el 2015, Angus Deaton, presenta los casos de personas ordinarias que lograron superarse aun en medio de los peores escenarios.   
“Hace varios argumentos y uno es cómo nos aseguramos que otros también puedan salir. Y ese es el rol de las universidades.  ¿Por qué estamos aquí? Porque nosotros estamos convencidos que todos esos estudiantes que tiene esta universidad tienen derecho al gran escape, tienen derecho en la vida a salir adelante y puedo estar convencido que Dios quiere que sea así”, expresó el educador, quien llegó a la PUCPR en el 2009 tras laborar por 37 años en el Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico (UPR). Su bachillerato es en estadísticas y métodos cuantitativos y su doctorado es en ciencias decisionales, un campo que, reconoce, no es del todo comprendido pero que se basa en evaluar los procesos de toma de decisiones, algo que combina las estadísticas, la ingeniería y hasta procesos sociales.
En su oficina, la pared frente a su escritorio está cubierta del suelo al techo por un librero repleto de libros, fotos y tallas en madera de santos de la Iglesia Católica. Cada talla tiene su historia. Toma en sus manos una imagen en la que solo están los rostros de la Virgen María y el Niño Jesús que adquirió en Ecuador y rápidamente destaca la paz y tranquilidad que le transmite la artesanía. De otra tablilla levanta una talla de San Pedro que compró en Paraguay, en la cual el santo está ataviado según la tradición de la Iglesia Católica Ortodoxa. Una imagen en madera a dos tonos representa a Nuestra Señora de Aparecida, la patrona de Brasil y de quien el papa Francisco es devoto. 
 A lo largo de la conversación, atribuye muchos de sus éxitos a “la ternura de Dios” y constantemente  describe sus logros como “regalos del cielo”. Desde las ventanas de su oficina se observan los coloridos techos de los edificios históricos del casco urbano de Ponce, el imponente Castillo Serrallés y la Cruceta del Vigía, por lo que entre risas asegura que aceptó presidir el sistema universitario “por la vista”. Pero su entusiasmo al describir los proyectos que ha desarrollado o que aún solo habitan en su mente evidencia el orgullo quesiente por la única universidad en Puerto Rico quelleva el título de pontificia, lo que manifiesta que existe un vínculo tan cercano entre esta universidad católica y el Vaticano que incluso el nombramiento del presidente es aprobado por la Santa Sede.
Oriundo del barrio Espino de Lares, mientras crecía estaba convencido de que su destino era ser abogado. El mayor de siete hermanos, Vélez Arocho descubrió su pasión por la educación de la mano de un profesor que en su camino por la UPR en Río Piedras lo convenció de estudiar una maestría en Administración de Empresas y a aceptar ser asistente de cátedra como una alternativa para recibir la asistencia económica que necesitaba para seguir estudiando. Su historia le sirve como el mejor testimonio sobre el poder que tiene la educación para transformar vidas.
¿Qué parte de enseñar fue lo que le interesó, lo que lo llamó?
Tres cosas. Primero, la posibilidad real de comunicarles a unas personas conocimiento que les permitieran   llegar a ser profesionales, la posibilidad real de impactar que esa persona aprendiera, conociera. Segundo lugar, la posibilidad real de interactuar con los estudiantes a nivel de trabajar con ellos con el valor de la educación. La posibilidad de realmente comunicarles el valor de la educación. Y el tercer elemento me lo proveyeron los estudiantes. Los estudiantes fueron lo suficientemente generosos como para animarme a seguir en la educación, me lo comunicaron. Éramos casi de la misma edad, ellos de bachillerato y yo de maestría, pero me  apoyaron. 
Y tuve una gran bendición del cielo porque, no lo puedo decir de otra manera, yo enseñaba en este salón a la 1:30 p.m. y en el salón del lado enseñaban el mismo curso, otro profesor. Yo llegaba tempranito allí y me pongo a esperar. Había varios estudiantes allí esperando por el otro profesor y está esta estudiante y la saludo... empiezo a conversar con ella. Pasa el semestre, en algún momento le pregunto cómo va la clase y ella me dice “bien,  pero hay un tema ahí que yo realmente  tengo que profundizar más en el él”. Entonces yo le digo que si quiere le puedo explicar. Le digo que estoy en la biblioteca en el segundo piso típicamente estudiando estos días, si está por ahí yo con gusto le explico. Cuento corto, es mi esposa hoy de 43 años, cumplimos ahora este 26 de mayo 43 años y fue mi compañera allí mientras yo esperaba por mi clase y ella la suya.
¿Y cómo recibieron en su familia la noticia de que el niño que tenía la intención de ser abogado y de momento quería ser maestro?
El cambio lo vieron muy bien por lo siguiente: mi mamá era ama de casa, mi papá era maestro. Había sido maestro, cuando yo estaba en la universidad ya era superintendente de escuelas. Cuando yo me criaba vine de un hogar donde el ser maestro era bien importante, extremadamente importante, y nosotros vivíamos la vocación de mi padre, que había sido un excelente maestro, principal, superintendente de escuelas, muy querido en Lares. Y aunque yo había vivido eso, yo quería ser abogado. Así que cuando planteé que iba a ser profesor universitario todo el mundo lo vio hasta natural por el ambiente en el que me había criado.
¿Cómo decidió ser profesor?
Cuando terminé la maestría tenía dos ofertas de empleo, una de Río Piedras que me dijo “quédese con nosotros, enseñe un poco y luego se va a  estudiar el doctorado”. Y la oferta de Mayagüez, donde el decano era una persona extraordinaria que todavía sigue activo, el profesor Ángel Luis Rosas Collazo. (...) Pues él era el decano de la Facultad de Administración de Empresas de Mayagüez, una facultad pequeña con unas grandes aspiraciones. Fui y me entrevisté y aunque mi esposa es de San Juan, es santurcina, y le dije: “Angie, vámonos a Mayagüez. Nosotros allí podemos hacer una gran contribución.” En San Juan también, fue una decisión extraordinaria, y fue en 1972. Fui en el 72, ella fue en el 73 porque nos casamos en el 73. Fue una decisión que marcó nuestras vidas. (...) Dediqué mi vida mientras  estuve en Mayagüez a hacer esas tres cosas, análisis decisional en diferentes instancias, profesor, y me tocó administrar. Fui decano de la Facultad de Administración de Empresas cuatro años, fui rector del Colegio de Mayagüez por siete años y algo más, el rector que más años ha estado allí y llegué en unas circunstancias complicadísimas. Cuando llegué al puesto en el 2002, habían estado allí previo a mí seis rectores en cinco años.
Trabajó 37 años en Mayagüez y cuando uno pensaría que ya  es momento de retirarse, toma la decisión de presidir la PUCPR. ¿Cómo fue ese proceso?
Así mismo fue. Pues sucede, hay un poco de trasfondo, que estando yo en Mayagüez, hubo un acercamiento de la Católica. Me dicen “usted tiene un doctorado que no tiene  nadie en Puerto Rico (Ciencias Decisionales) y nosotros tenemos unos cursos aquí en la maestría que son de ese tema y no tenemos gente que nos los dé. ¿Usted podría venir?” Y yo digo, está bien, a la Iglesia hay que ayudarla. Un día a la semana, daba una clase de 7:00 p.m. a 10:00  p.m. los lunes, mientras era profesor en Mayagüez. Estuve cinco años, yo no esperaba estar tanto tiempo. (...) Entonces en eso me nombran rector en Mayagüez y  digo, ahora sí que no puedo, ese trabajo no termina a las 5:00 p.m., no puedo. Pero terminé cinco años más viniendo los viernes de 7:00 p.m. a 10:00 p.m. Así que hasta cierto punto conocía la Católica, conocía a la gente, hice muy buenos amigos aquí en esos diez años. Así que cuando la universidad se entera que yo estoy considerando retirarme, me hacen el acercamiento y me dicen “véngase y nos ayuda”. Yo tenía una oferta en San Juan, lo conversé con mi esposa y dijimos “vamos a ayudar a la Iglesia, debemos ayudar a la Iglesia”. Ya los dos hicimos nuestras vidas profesionales, vamos a ayudarle en este reto con la Pontificia Universidad Católica.
Prácticamente toda su vida ha estado atada a la educación universitaria y es evidencia de cómo la educación superior puede transformar vidas,pasó del niño del barrio Espino al presidente de PUCPR.
Eso es sumamente importante. Puerto Rico, su transformación, independientemente de los problemas coyunturales, Puerto Rico se transformó sobre la plataforma de la educación. Esa es la realidad, Puerto Rico dejó ser la casa pobre del  Caribe, de una situación en la cual en el año 1950 había un puñado de estudiantes en la universidad a un sistema que tiene sobre 250,000 estudiantes universitarios. O sea, educarse fue la gran plataforma de transformación del País para la movilidad, para el desarrollo social, para posibilitar la contribución al País era a través de la plataforma de la educación. Cuando Puerto Rico decide, desde la pobreza, hacer Bellas Artes, ¿te imaginas todas las necesidades del país y deciden hacer Bellas Artes? Se apostó a la educación cultural de nuestro pueblo, apostó en eso, que eso era fundamentalmente importante. (...) Las universidades se han establecido para posibilitar al País a que atienda su áreas prioritarias de desarrollo social, desarrollo económico, desarrollo humano. Esa es la épica de nuestro país. Por eso yo escucho a la gente y pienso  que no conocemos nuestra épica, las poblaciones jóvenes no saben lo que gente en Puerto Rico, con poquísimos recursos, consiguió hacer.
¿Qué les toca hacer a las universidades para ayudar al País?
Particularmente en los momentos difíciles, en los momentos en que uno dice  “¿y ahora qué?”, las instituciones como estas tienen que salir a proveer esperanza. Pero no esperanza como un poema dulzón, no, no, no. Esperanza real con alternativas, con posibilidades. Que los estudiantes tienen que trabajar para estudiar, pues entonces no les podemos seguir dando las clases a las 9:00 a.m., se las tenemos que dar los sábados, se las tenemos que dar por la noche. El estudiante tiene que poder venir a la universidad y decir “los tiempos están difíciles, las situaciones están complicadas, pero hay que salir adelante, porque si nosotros no salimos adelante, ¿quién nos va a ayudar? Nadie nos va ayudar”.  Cada quien tiene sus problemas y sus complicaciones. Entonces la universidad es el gran sitio del encuentro, del diálogo y es el gran sitio de la profecía, en otras palabras, de denunciar lo que realmente no está correcto. Pero es el gran sitio de la propuesta. A veces tengamos que protestar, pero no nos quedamos en la protesta, pasamos a la propuesta, es el diálogo, es el encuentro.
¿Qué falta por mejorar en la educación en Puerto Rico?
Tres cosas. La primera, el hecho de la retención en las escuelas públicas. De cada dos varones en escuela pública, las estadísticas dicen que uno no llega al grado diez, eso es una tragedia para el País. Entonces, si uno mira la educación del País desde los grados elementales hasta la universidad, pública y privada, ese es un elemento que habría que mirar,  cómo nos aseguramos que esos estudiantes se quedan. Segundo elemento, el impacto de la tecnología en la educación ha sido dramático y será más dramático y yo estoy convencido que nosotros no tenemos profesores que estén alineados y que estén formados, no con los cambios que han ocurrido ya, sino con los cambios que van a ocurrir en el futuro cercano. En tercer lugar, no lo pongo como el último punto sino en el orden que lo fui pensando, hay que fortalecer el tema de la identidad de la educación.  ¿Para qué nosotros tenemos un sistema educativo? Tenemos un sistema educativo para  formar ciudadanos. ¿De qué nos vale a nosotros tener profesionales altamente cualificados en las destrezas si no tenemos ciudadanos, personas que valoren la democracia, personas que valoren los derechos de los individuos, personas que valoren la paz, personas que valoren el encuentro con el  otro? 
 Un reto grande  es como retomamos, en el proyecto de país,   el rescate, y ahí la universidad y las escuelas tienen mucho que contribuir, cómo logramos el rescate a la formación de estos estudiantes en la ciudadanía. Claro que es más fácil formar profesionales, pero el país necesita ciudadanos que tengan sus capacidades, ciudadanos que valoren la paz, el encuentro, la sabiduría, el ocio, la belleza. Un índice del desarrollo de los pueblos es cuánto invierten en libros, hay países donde uno visita y dice “qué mucho la gente lee”. Otro detalle, cuánto dinero se invierte en flores, no una docena de rosas, estamos hablando de comprar flores para la casa como un elemento de buen vivir.
Los tiempos cambian, pero la educación puede contribuir a esa formación de los ciudadanos.