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El obispo Juan Vera, de la Iglesia Metodista, se reunió ayer con residentes de la comunidad Villas del Sol para llevar a cabo un servicio religioso en el ranchón que les sirve de templo. (André Kang)
Tras un largo camino de tierra, allá casi donde terminan las casas –muchas de ellas todavía a medio construir– había un ranchón, sin puertas ni ventanas y con el techo hecho de planchas de zinc reusadas y agujeradas. 
El obispo Juan Vera, de la Iglesia Metodista, lideraba unos cánticos religiosos frente a una veintena de adultos y otra veintena de niños reunidos en el ranchón que servía de templo para los vecinos de la comunidad Villas del Sol.
No había cruz en la pared de fondo. Tampoco canastas recogiendo limosnas. Mucho menos servicio de electricidad o agua potable –la comunidad no ha sido conectada a esos servicios–. Pero la brisa era fresca, el cielo estaba azul y la fe de los que se daban cita ayer al servicio especial del Viernes Santo era suficiente para enfrentar estos obstáculos, que en otras comunidades podrían ser objeto de profundos malestares. 
“Esto ha sido como un Viernes Santo que no termina en su agonía para la comunidad. Esperamos el día de la resurrección, pero todavía no llega. Pero nos sobra la fe para seguir adelante”, dijo Vera, mientras se dirigía a los feligreses.
Una comunidad abatida
Los problemas para los vecinos de esta comunidad comenzaron en el 2009 cuando fueron desalojados de unos terrenos cercanos a los que ocupan ahora. 
La comunidad en un inicio se resistió al desalojo. No obstante, poco a poco fueron abandonando el lugar, algunos quedándose con familiares, otros en viviendas alquiladas y algunos construyendo nuevas viviendas en unos terrenos donados por el expresidente del Colegio de Médicos y Cirujanos Eduardo Ibarra. 
Algunas de estas nuevas construcciones se hicieron a toda prisa y sin los permisos requeridos, ante la necesidad de vivienda de estos vecinos. Actualmente,  54 familias viven en el área, de unas 170 casas que había en la antigua Villas del Sol. 
En el camino, las promesas de construcción de calles, alumbrado, postes para llevar el servicio eléctrico y tuberías para el agua potable, no se han concretado. Ni el alcalde de Toa Baja, Aníbal Vega Borges, ni el gobierno central han respondido, creando la infraestructura para esta comunidad una vez destruido el antiguo vecindario.
“Aquí no se ha cumplido con las promesas que nos hicieron. Nosotros cumplimos con el desalojo como ellos querían, pero después lo que han hecho es ignorarnos”, dijo Laura Vázquez, presidenta de la agrupación de vecinos de Villas del Sol en un aparte con la prensa luego de la ceremonia religiosa.  
Héctor Soto Vélez, secretario del Concilio de Iglesias de Puerto Rico, fue el predicador especial en la tarde de ayer en el templo comunitario. Habló primero de la crucifixión de Jesús, de la importancia del Viernes Santo, y de cómo el trabajo, la disciplina, el esfuerzo, el amor, el perdón, la paciencia y la lucha llevan a superar los obstáculos y conducen a una vidacon una conciencia libre y con un futuro de esperanza.  
“La conciencia y los principios no se venden. El camino a la verdadera vida no tiene precio”, dijo Soto Vélez. Todos escuchaban. Por momentos sólo alguna plancha de zinc, un poco suelta y  movida por el viento, era el sonido alterno a la predicación.
Al final, el obispo Vera nuevamente se levantó y dio un mensaje de despedida. Les recordó el espíritu de justicia y lucha que demostró Jesús en su vida y exhortó a los presentes a seguir su ejemplo. También les recordó que no se necesitan templos grandes y lujosos para tener una iglesia real; que lo que tenían allí era suficiente porque se basaba en la fe. 
Todos  los presentes poco a poco se iban abrazando  en un saludo fraternal. Eran abrazos alegres y livianos, como la brisa que sin límites entraba en aquella iglesia abierta, sin paredes ni portón.