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En la Isla queda actualmente 14 especies de coquíes. (David Villafañe)
 No iba a ser  fácil ver o, al menos, escuchar en medio del Bosque Carite las voces de dos seres cuya vida está entre las más amenazadas de Puerto Rico: el Coquí Caoba y el Coquí Martillito.
Aún así, el profesor Rafael Joglar y diez estudiantes de biología de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras matriculados en el curso Historia Natural de Puerto Rico asumieron el reto una noche de febrero, cuando todavía el frío apretaba por esos lares. A eso de las 6:00 p.m. iniciaron el viaje desde la llamada Ciudad Universitaria. 
A las 7:00 p.m.  inició el ascenso por la PR-184. Poco a poco fueron quedando atrás las famosas lechoneras. Las luces artificiales desaparecieron dejando que la oscuridad cubriera todo y los verdaderos sonidos de la noche  afloraron con intensidad. Era justo y necesario abrir las ventanas del auto y apagar el radio para escuchar…
La primera parada fue en un área recreativa identificada como Las Trescientas. Apagadas las luces de los autos la oscuridad fue total, pero no pasó mucho tiempo antes de que comenzaran a aparecer los rayos de luz de las linternas.
“Estamos aquí porque queremos visitar un bosque de montaña alta. Ya hemos visitado el monte del Yunque (administrado por el gobierno de Estados Unidos), pero este es estatal y no tiene nada que envidiarle al otro. De hecho, para lo que yo hago, que es con anfibios, este  es más interesante que El Yunque. Hay especies que ya han desaparecido de El Yunque que todavía están aquí”, comenzó por establecer el doctor en biología que ha dedicado más de tres décadas a estudiar especies nativas, en particular coquíes.
“En Puerto Rico hay 17 especies de coquíes, hemos perdido tres así que nos quedan 14 y aquí está gran parte de ellas”, ilustró el profesor.
Procedió a preguntar a sus alumnos qué voces de coquíes estudiados habían escuchado hasta ese momento.  “El común”, respondieron. Este era  el quinto viaje de campo del grupo con el profesor. El primero fue en el campus de Río Piedras.
“Es un poquito más lento cuando canta que en la UPR y también más grande en tamaño”, distinguió el experto.
Pero en la ruta hasta Las Trescientas el profesor ya había escuchado voces de otras especies. “También escuchamos la Ranita de Labio Blanco viniendo para acá, que hay varias quebradas. Escuchamos el Coquí de las Hierbas, que es bien común, se oye por todo el camino. Él está en las hierbitas y es un sonido muy simpático. ¿Quién me lo puede imitar? (Ríen, pero nadie se aventura). Bueno, lo vamos a escuchar”, prometió el maestro antes de dar por iniciados los trabajos.
“¿Quiénes son los coordinadores del viaje? Quisiera que ustedes tomen ya la hora, la temperatura, la localidad en GPS, la humedad relativa”, enumeró, dirigiéndose a Heidy Berríos y Maite Tormos. 
“Por su cuenta quiero que den una vuelta a ver qué pueden identificar, a ver si ven a los coquíes cantando. Me gustaría que localizaran a los coquíes comunes, alguna Ranita de Labio Blanco y al Coquí de las Hierbas”, instruyó a todos. 
Anotaron la  humedad relativa y la temperatura, que rondaba los 70° y mediante GPS identificaron el lugar exacto en que se encontraban.    El recorrido, además de servir para propósitos pedagógicos permitiría a Joglar colectar al menos 20 individuos de Coquí de las Hierbas para enviarlos a Texas, donde una colega estudiará su ciclo de vida en cautiverio pues de esta especie es muy poco lo que se conoce.
“¿Tienen linterna? Pues vamos a prenderlas y vamos por ahí pa’bajo, vamos pa’l monte!”, invitó Joglar, y comenzó la diversión.
El primer hallazgo no tardó en producirse. Una joven anunció que podía tratarse del nido de una Ranita de Labio Blanco y lograron divisar lo que parecía ser una larva de esa especie.
Procedieron a buscar una pequeña red que llevó el profesor y la extrajeron del agua de la quebrada. “Es una larva y, efectivamente, Maite, es una larva de la Ranita de Labio Blanco. El nido, no es un nido. El nido de la Ranita de Labio Blanco es así (como espuma blanca), pero es una quinta parte de ese tamaño”, aclaró para de inmediato apuntar que si la larva fuera obscura sería de sapo. Según el maestro, esta especie “está en todo Puerto Rico y es pariente del coquí, pero tiene renacuajos como las ranas y los sapos” en lugar de huevos, como los coquíes.
No habían terminado de escudriñar la quebrada cuando un joven anunció que tenía el primero de muchos coquíes que capturarían esa noche. Su gran tamaño, sobre todo en el área del abdomen, llamaba la atención. Los alumnosconjeturaban que podía tratarse de una hembra. Hasta que llegó el experto.
“Estaba cantando,  no está gordito. Es un macho del coquí común (que había llenado sus pulmones para cantar)”, corrigió.
Pidió una bolsa plástica tipo zip-lock, donde los coquíes pueden ser colocados para observarlos sin lastimarlos, y aunque pronto la bolsa comenzó a empañarse recordó que ellos no morirán asfixiados ya que su consumo de oxígeno es tan poco que pueden vivir en ella por días siempre y cuando no estén expuestos al sol ni a calor.
Continuaron encontrando coquíes comunes y Joglar les recalcó que debían encontrar el Coquí de las Hierbas y que quien lo capturara tendría A en la clase, lo que fue una broma recurrente durante todo el viaje. De repente alguien creyó haber encontrado una hembra.
“¡Esto sí puede ser una hembra!”, afirmó de inmediato Joglar, pero no tardó mucho en detectar que era “un macho también”. 
“¿Cómo usted sabe?, si pudiera explicar”, solicitó El Nuevo Día
“Es automático”, reconoció con  naturalidad. “Lo que pasa es que en anfibios no hay órganos sexuales externos como en mamíferos, entonces, es más complicada la cosa, pero por el tamaño yo puedo saber si es un macho o una hembra. Este es un macho de montañas altas, que es bastante grande, pero la hembra es aún más grande. Esa diferencia en tamaño se llama dimorfismo sexual por tamaño y en esta especie, el Coquí Común, el macho es como 21% más chiquito que la hembra”, detalló.
“Mire, Eliú, tráigame cinco o seis coquíes de las Hierbas”, volvió a pedir el profesor. “Yo voy a usted”.
Así siguieron llegando machos comunes hasta que algo nuevo surgió.
“Encontramos algo muy interesante!”, dijo una de las chicas.
“Mayra Román, ¿quién lo encontró, Mayra Román?”.   
“Pues yo lo vi y Carlos me ayudó a cogerlo”, reportó la joven.
“Pues tienen A los dos en la clase. Este es el Coquí de las Hierbas”, anunció Joglar provocando euforia en el grupo.
“Es un machito y estaba cantando”, explicó y enseguida le indicó a la estudiante cómo debía agarrarlo para que todos lo pudieran ver. Le ofreció su mano cerrada con el coquí dentro del puño y le instruyó: “Lo va a agarrar por la patita trasera. Cuando lo tengas me dices (para abrir el puño)”.
Joglar aprovechó para enseñar que el Coquí de las Hierbas tiene el cuerpo bien distinto al Común, y el color de encima es diferente al color del vientre o ventral. Pero de nuevo se revolcó el gallinero… Otro coquí capturado.
“Esto es una hembra”, anunció y nuevamente celebraron.
“¡Me está gustando, me está gustando ya (el resultado de la expedición)!”, reaccionó él, también entusiasmado.
“Carlos… 19 Coquíes de las Hierbas”, reinicia la exhortación del profesor en broma y en serio. “Con esto (haber ayudado a capturar el primero) llevas diez en la clase”, le anunció a Carlos Ayala.
El recorrido prosiguió. Los estudiantes  encontraron caracoles, gusanos, orugas, luciérnagas, plantas que ni Joglar pudo identificar, pero que fotografiaron y colectaron para consultar luego con los botánicos de la UPR. Comenzaba a sorprender la facilidad con que descubrían cosas en medio de tanta oscuridad.
“Ellos están entrenados para eso”, comentó el educador orgulloso.
Ya en ruta de salida para seguir a la siguiente parada, otro hallazgo sorprendente se produjo: un nido.
“Miren los huevitos cómo se ven. Eso es un macho, papá, y está cuidando con su cuerpo, dándole humedad a los huevitos. Ahí hay como unos 25 huevitos. Ya están casi rosados, o sea que están bastante avanzados, les falta como una semana más y se convierten en coquís”, detalló el profesor denotando prisa, ansiedad por soltar la hoja que alaba para que todos pudieran apreciar la escena, pero que exponía a las crías.
 La segunda parada fue a orillas de la PR-184, en una zona alta antes de comenzar a descender hacia Patillas. No había iluminación artificial y apenas transitaban vehículos. Allí nos recibió una nueva “voz”, probablemente fue lo que hizo que Joglar decidiera detenerse justo allí, aunque esa no sería la única sorpresa.
“Ese golpe metálico fuerte, ese es el Coquí de Hedrick. Hedrick es el hijo menor de Juan Rivero (el fenecido herpetólogo e investigador puertorriqueño, que lo nombró así en honor a su hijo)”, reveló el profesor invitando a escuchar.
Pero de inmediato, los alumnos comenzaron a notar la presencia del más buscado: el Coquí de las Hierbas. El profesor pedía bolsas para comenzar a capturar y examinar individuos, liberando a los juveniles. “Aguántame, aguántame, aguántame aquí. Alúmbrame, alúmbrame”, solicitaba. 
“¡Están bota’os!”, afirmó complacido. “Carlos consígame… Nos faltan ahora 17, Carlos”.
Eran casi las 10:00 p.m. y la temperatura rondaba ya los 65°. El frío apretaba y, aunque había muchos, el reto de conseguir Coquíes de las Hierbas se complicaba porque debía haber de ambos sexos y aun no tenían hembras.
La búsqueda continuaba cuando otra especie se hizo sentir: el Coquí de la Montaña. Su “Coquí-Coquí” es más rápido que el del Coquí Común, pero tiene el pico agudo y en la parte superior de sus ojos una línea blanca. “Paramos aquí, no para coger Coquí de las Hierbas, paramos a aquí para escuchar el Coquí de Hedrick, pero también está cantando al lado de los carros el Coquí de la Montaña y ese también es importante que lo escuchemos”, reconoció Joglar.
La siguiente parada sería más cerca de Patillas, así que comenzó el descenso. Faltaba por identificar a los amenazados Coquí Martillito y Coquí Caoba, aunque se anticipaba que este último no sería posible escucharlo. “El Caoba no lo vamos a ver porque habría que meterse al bosque muy adentro y no queremos perturbar esa área, pero el Martillito, con suerte lo vamos a escuchar y con suerte quizá lo podamos ver”, estimó el veterano investigador.
Detenidos nuevamente en una especie de hueco entre árboles y montañas se dejó escuchar por fin el esperado Martillito. 
“Es uno de los bien amenazados en Puerto Rico: el Coquí Martillito. Los escuchamos en El Yunque, pero muy poco, estaba muy frío y muy seco. Vamos a escucharlo. Hace Tiiic-Tictictic. Apaguen las luces”.
El silencio  fue absoluto. Todos los sentidos estaban concentrados en una sola cosa. El Martillito se hizo de rogar, después de todo, ¿por qué deleitar a la especie que lo ha puesto en peligro eliminando su hábitat, contaminándolo con luz, con ruido y con sustancias tóxicas? ¿Qué mejor castigo que privarlos del placer de escucharle?
Pero parece ser que consideró preciso dejar claramente establecido que estaban en su territorio, donde todavía él comanda, el único lugar en el mundo donde habita además de El Yunque. Y fue entonces cuando se escuchó su Tiiic-Tic-tic-tic-tic-tic-tic.
“¡Bueno muchachos, ha sido exitosa la cosa!”, exclamó el profesor. “¡Todos tienen A!”.
Eran ya casi las 11:00 p.m. y el cansancio se dejaba sentir, pero la experiencia fue como una recarga de energía, después de todo, todos abrigaban la esperanza de al menos escuchar al Coquí Caoba, aunque fuera de salida.