Vía crucis (horizontal-x3)
Como todos los años, la comunidad de la parroquia San Antonio de Padua, en Río Piedras, recuerda la crucifixión de Jesucristo con una emotiva procesión.
Era un poco más  de las 6:00 p.m.   Las personas entraban y salían desde todas las esquinas de la parroquia San Antonio de Padua, en Río Piedras.  Después de varias semanas de preparación, la comunidad religiosa estaba a minutos  de uno de los momentos cumbre de la Semana Mayor. 
“Ya yo estoy ready to go”,   dijo Lucía Baca mientras  Eva Duarte colocaba sobre su rostro un manto. 
“Yo soy de las lloronas”, agregó sobre el personaje que ejemplificaría, en referencia al grupo de mujeres que siguió a Jesús desde Galilea  para servirle. 
Las mujeres se alistaban en el segundo nivel de la parroquia. En los arcos de cemento colgaban las vestiduras y textiles de todos los colores.  Enormes cajas grises contenían más túnicas. 
“Yo tengo como cuatro años ayudando y ya sé cómo va”, señaló Duarte mientras  colocaba a perfección los mantos, los cuales ajustaba con alfileres e imperdibles.
La comunidad lleva años celebrando el tradicional vía crucis  a  través de las calles del casco urbano de Río Piedras. Este año no sería la excepción.  “Hay menos personajes por unos sucesos lamentables”, explicó Lucy, quien  sirvió de guía en el interior de la iglesia.
 En la parte inferior del recinto estaban  Glenda Santana y   José Miguel García, quienes interpretarían a la Virgen María y Jesús. Otro grupo de hombres preparaba el área donde Jesús sería crucificado. 
Santana lleva cuatro años personificando a la madre de Jesús. Sin embargo, la familiaridad y costumbre con uno de los personajes más recordados, amados y seguidos de la Biblia no ha evitado que cada año sienta la  conmoción de una madre a la que le arrebatan a su hijo. 
“Cuando me bajan a mi hijo de la cruz y  cuando él dice:  ‘Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado’”, destacó sobre esos momentos que la siguen estremeciendo como  el primer día.
 “Como madre, le duele el corazón”, añadió mientras se colocaba sobre su cabello un paño color lila con puntilla blanca. 
García también ha personificado a Judas, pero hace cuatro años que encarna al Rey de los Judíos, como también llaman a Jesús.  “Es el mejor papel que uno puede interpretar en la vida,  llevar el personaje del salvador del mundo, del que te inspiró a crecer, de un Dios que  se hizo un hombre para que creciéramos en fuerza y espíritu, para mí eso es lo mejor”, sostuvo. 
  Luisa Rivera estaba a cargo de preparar a García para su interpretación. “Le estoy poniendo un poco de brown aquí para que se vea más huesudo... ya mismo le pongo  un poco de violeta en los labios para que se le vean los golpes”, dijo mientras le sañalaba los ojos y pómulos. 
  “Y la peluca que todos los años es un problema”, interrumpió García entre risas. 
 Mientras, en el templo ya se comenzaban a escuchar los jubilosos cánticos. Parte de los personajes participaron del rito religioso. 
 Al filo de las 8:00 p.m. inició la procesión con la primera estación, la entrega de   Jesús  para ser crucificado.
  Era el día de la preparación para la Pascua, recoge la Biblia, cuando  Pilato lleva a Jesús ante el tribunal  o el empedrado,  como le llamaban.
 “¡Fuera!  ¡Fuera! ¡Crucifícalo!”, vociferaban quienes pedían la muerte del hijo de Dios.  
“Esto no es una representación teatral sino una meditación de lo que hizo Jesús”, advirtió el párroco Jimmy Casellas segundos antes de partir a recorrer las calles de Río Piedras.
Tal y como ocurrió entonces, Jesús salió  cargando su propia cruz.
  La lluvia amenazaba con caer. Desde temprano en la tarde la fuerte brisa y el gris en el cielo advertían sobre esa posibilidad.  En la segunda estación, justo cuando Jesús cae por primera vez a causa del dolor de la cruz, llovió.
 Los soldados, personificados por  feligreses de la Iglesia,  seguían a Jesús.  Llevaban vestidos rojos y  cinturones dorados. Le gritaban y golpeaban. A  las mujeres las empujaban para impedir que llegaran hasta el hijo de Dios.
 “Señor, te has dejado ultrajar, ayúdanos a no unirnos a los que  se burlan de quienes  sufren o son débiles. Danos fuerza para aceptar la cruz sin rechazarla”, era la plegaria que resonaba.   
En la intersección con la calle William Jones, la lluvia había apretado. El ruido, el llanto y los  gritos de lamento provocaban que las personas se asomaran por   las ventanas y   balcones de sus residencias  para ver a Jesucristo pasar, como si se tratase de todo un espectáculo.
La mayoría tomaba fotos y vídeos del momento con sus teléfonos celulares, imágenes que contrastaban con la realidad de entonces, pero que dan una idea de cómo sería  el camino de Jesucristo a la cruz  hoy día.  
 En medio del dolor, la cotidianidad del casco riopedrense   casi no se vio  interrumpida. Los cafetines, colmados y hasta un beauty  continuaron operando. Solo en unos pocos comercios se detuvo  la música en señal de respeto y solemnidad. Los comensales también salían hasta la puerta para ver qué ocurría.
 Llegó el momento del encuentro entre Jesús y su madre. Era la estación número cuatro.  En ese instante la lluvia  se intensificó y  la brisa sopló más fuerte.  A María no le permitieron acercarse a Jesús.
 “Ahí está tu hijo”, le gritaron los soldados.
Las personas seguían asomándose. Algunos de  los  policías que prestaban vigilancia parecían identificarse con las imágenes que  para los cristianos representan  el mayor sacrificio de Dios por su pueblo. 
En la séptima estación, Jesús cae por segunda vez. Sobre su cuerpo, tendido en el mojado y sucio suelo, yace la pesada cruz.   Ocurrió en la calle Capetillo, intersección con la calle 7.  
Cada estación, que capturan los 14 momentos de la pasión y muerte de Jesucristo, tiene un propósito, ya sea  vestir al desnudo, visitar a los enfermos, consolar al triste  o  perdonar al que nos ofende.  En cada una también se elevó un Padre Nuestro.
 El cruce de la avenida Barbosa nos llevó a la comunidad de Capetillo.
 “Señor, frecuentemente tu iglesia  nos parece una iglesia a punto de hundirse. Ten piedad de tu iglesia”, fue el clamor en la estación número nueve, donde Jesús cayó por tercera vez.
Hasta allí, en la calle 12, llegó un grupo de niños que  asombrados miraban  lo que ocurría, quizás ajenos al simbolismo que enmarcaba cada palabra y cada gesto pero atentos al dramatismo que envolvía la estremecedora  escena. 
La procesión continuó. A pesar de la lluvia se sumaba gente. Sólo unos pocos llevaban sombrillas. La mayoría se mojaba. Ya estábamos más  cerca del final.
Jesús ya evidenciaba el cansancio.  Su cuerpo  estaba   encorvado por el peso de la cruz y sus piernas por momentos parecían debilitarse. En el  rostro, el inclemente dolor hacía estragos.    
A unos pocos pasos, no sólo culminaba la calle sino también la procesión, el sufrimiento y la pasión de Cristo.  
Unas escaleras daban acceso al lugar, donde los feligreses habían colocado una  rústica cruz en madera. A la derecha había una cancha, donde otro grupo de niños jugaba. La bola no sonó más.
Antes de ser crucificado, le rasgaron las vestiduras  en cuatro partes, una para cada uno  de los soldados. Tomaron también la túnica, dejando al descubierto las heridas provocadas por el calvario atravesado.
 “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, preguntó Jesús mientras elevaba su mirada al cielo. La lluvia no cesaba. 
  Junto a la cruz  estaba su madre,  María Magdalena y su amado discípulo, Juan.
“Ten piedad”, gritaba María mientras extendía sus brazos y miraba al cielo. 
 Jesús tenía sed. Le dieron a probar una esponja empapada en vinagre. “Todo se ha cumplido”,  dijo antes de  inclinar su cabeza y  entregar su espíritu.   
El Hijo de Dios es bajado de la cruz por los soldados y llevado al sepulcro. No más  dolor. 
   “Es lo que hemos querido con este vía crucis, invitar  a todo el pueblo de Río Piedras a pensar de la misma manera, a pensar en Jesucristo, a pensar que no fue nada fácil su vida entre nosotros, pero su  final y resurrección  nos da completa esperanza”, planteó Casellas. 
Ahí no culminó todo. Al contrario, para los creyentes su muerte dio paso a la esperanza de un nuevo encuentro. Fue  la muestra del más grande amor. 
   La peregrinación en la Tierra continúa. En  medio de dolores, injusticias, abusos y condenas. Para algunos el caminar es entre la oscuridad y bajo el poder de la crudeza de la vida.  Para los que creen, aun entre la incertidumbre, hay  paz.  
“Regresamos todos juntos como fuimos, caminando”, nos dijo Lucy antes de comenzar nuestra marcha.  Así hicimos, marchamos de regreso a la iglesia. 
Y es que la vida  se trata de  no detenerse, de llegar al destino final,   ya sea en medio de la noche, que te duelan los pies o bajo una intensa lluvia.