LA PRENSA LIBRE

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lunes, 29 de septiembre de 2014

MENDIGOS EN LA PLAZA


Mendigos en la Plaza de la Revolución

Confundidos entre los que esperan o despiden a un familiar en las terminales, inadvertidos por quienes erróneamente piensan que la indigencia es un estado muy lejano


Foto-galería de los autores. Imágenes tomadas en el entorno de la Plaza de la Revolución

LA HABANA, Cuba.- Cuando uno se detiene en el centro de la Plaza de la Revolución (antigua Plaza Cívica), además de observar los edificios de los principales ministerios, así como los del Consejo de Estado y el Teatro Nacional, además advierte, a un costado de la Biblioteca José Martí y, pudiéramos decir, hasta casi los pies de la escultura del Apóstol, un extenso parque que contrasta con la “solemnidad” del entorno.
La desolación que caracteriza el ambiente de la plaza, apenas transitada por algunas pocas personas, casi siempre turistas o trabajadores de las instituciones cercanas, se prolonga hasta ese parque que colinda con la Terminal de Ómnibus. No obstante, ahí la sensación de desamparo se torna más pesada, brutal, porque añade al raro ambiente la certeza de que las cosas andan muy mal y que el país, en verdad, se está cayendo a pedazos ante la vista de quienes, en medio de la comodidad de sus despachos cómodos, insisten en maquillar la debacle.
A cualquier hora del día, quien visite el lugar, podrá observar decenas de hombres y mujeres viviendo a la intemperie, dormitando sobre el césped o los bancos, a pleno sol o a la sombra de los árboles, incluso defecando en los matorrales que dan al fondo de la Biblioteca o pidiendo limosnas a quienes atraviesan el parque.
La zona, que incluye varias manzanas de malezas y construcciones abandonadas, se ha convertido en un pequeño infierno, aunque para los mendigos es una especie de paraíso porque, al estar cerca de la Terminal de Ómnibus que permanece abierta las 24 horas, al menos cuando llueve o durante las noches frías, pueden camuflarse entre los que esperan para viajar y de ese modo obtener refugio.
Un custodio de la Terminal de Ómnibus nos comenta sobre la situación:
-Cuando no está el jefe de turno yo los dejo pasar, a los que no son muy problemáticos, si no, tengo que sacarlos. A veces los dejo que se acuesten en los bancos. Al fin y al cabo, aquí la gente que espera se tira en el piso a dormir esperando la guagua y nadie se da cuenta. Hay otros custodios que les hacen guerra, pero yo pienso que nadie sabe lo que le espera en un futuro. ¿Si algún día yo me viera así?
Oscar Benítez, vecino del lugar, asegura que el fenómeno de los indigentes viviendo en el parque de la Plaza se ha incrementado en los últimos años:
-Antes eran solo gente con problemas mentales, pero ahora tú puedes ver gente joven e incluso mujeres. Vienen de Oriente, porque allá no hay nada y prefieren estar aquí. Otros han perdido las casas por vaya usted a saber… La cosa es que ahora son un montón de gente y a cualquier hora que uno pase lo puede ver. Hay uno que lleva años viviendo en ese parque. Yo hasta le he dado comida a veces y ropa que no uso. Por aquí pasan los dirigentes todos los días y nadie hace nada.
No se bajan de sus carros para nada. Para ellos esa gente no existe- dice Benítez.
Muchos sienten vergüenza y no nos permiten que les hagamos fotos. No aceptan hablarnos de su situación por miedo a represalias. Temen perder lo poco que creen tener en ese espacio donde son invisibles. Otros aceptan conversar, pero después piden dinero, dos o tres pesos, tienen que mendigar para comer, para sobrevivir. Todos sus testimonios son prácticamente el mismo: han perdido sus casas, no encuentran empleo en sus provincias, han sido liquidados por el alcohol, pero primero por los sucesivos desencantos.
Confundidos entre los que esperan o despiden a un familiar en las terminales, inadvertidos por quienes erróneamente piensan que la indigencia es un estado muy alejado de sus realidades, postergados socialmente porque en Cuba, cada quien, a diario, debe librar una batalla angustiante para lograr subsistir o escapar…Los hombres y mujeres desamparados, sin hogar ni ingresos, cada día se convierten en multitudes.

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